viernes, 6 de noviembre de 2026

El doctor Alirio Pérez Lo Presti y Abejales

Por: Bernardo Zinguer
Abejales, una localidad ubicada en el punto de transición entre la inmensidad del llano y la aparición tímida de la majestuosa cordillera andina, ha dejado una profunda huella en la vida de aquellos que, por circunstancias fortuitas, son elegidos para establecerse en este encantador lugar. A pesar de ser uno de los pueblos más jóvenes de la región, su historia rebosa de encanto y riqueza, como bien lo sabe el médico Alirio Pérez Lo Presti, un ilustre hijo adoptivo de Abejales. El Dr. Pérez Lo Presti, originario de Mérida, ha dedicado su vida al estudio y cuidado del cuerpo, la mente y el alma humana. Con una destacada trayectoria como médico cirujano, psiquiatra y filósofo, ha obtenido reconocimiento y admiración en igual medida por sus investigaciones. Además, su prolífica pluma ha dado vida a innumerables obras literarias, destacando entre ellas una serie de relatos autobiográficos ambientados en el cautivador entorno de Abejales. Con una prosa cautivante, el Dr. Pérez Lo Presti sumerge al lector en las experiencias que ha vivido en este rincón del mundo, transportándolo a través de las páginas de sus libros hacia los impresionantes paisajes, las arraigadas tradiciones y los memorables personajes que caracterizan a Abejales. Sus relatos se entrelazan con la propia historia del pueblo, revelando una simbiosis única entre el autor y su entorno, una conexión que va más allá de las palabras impresas. A través de su enfoque multidisciplinario, el Dr. Pérez Lo Presti se erige como un embajador de Abejales, retratando su esencia con maestría y sensibilidad. Sus libros son auténticas joyas literarias que capturan la magia que se respira en cada rincón de este enigmático lugar, y prometen sumergir al lector en un viaje introspectivo donde la mente se entrelaza con el espíritu y las emociones cobran vida propia. En esta ocasión, nos centraremos en un fragmento de su libro "Los peligros de comer cotufas", subtitulado como "Ensayos breves de filosofía cotidiana". Este fragmento nos llevará a explorar los sentimiento que el autor expresa por este pueblo, y la reflexión filosófica que surge de la cotidianidad de la vida en este lugar. Los campos de Abejales
Dedicado a la señora Eustacia Casanova … Durante algún tiempo, quiso el azar o el destino, ¡cómo saberlo!. que me fuese a vivir a lugares encantados a los cuales amo y guardo en mi corazón, el cual palpita con fuerza cada vez que los evoco. Al otro lado de la sierra se encuentran los llanos de Barinas con sus inigualables características. Si vencemos el cansancio y los peligros de las carreteras traspasando esas planicies como quien se dirige a San Cristóbal, entre un grupo de cerros que parecen hijos de los majestuosos parajes andinos, nos encontramos con el último de los pueblos del estado Barinas: Punta de Piedra. A un par de kilómetros se encuentra el aviso que inocente y descuidadamente señala la entrada de Abejales. Alejado de la carretera por el pantano de La Guarisaca, Abejales es un pueblo producto de la fusión entre los vernáculos llanos barineses y las solemnes crestas andinas; siendo el acento alegre y y desenfadadamente tachirense de los abejaleños al hablar, uno de sus mayores encantos. La hermandad que surgió entre Lenin Vivas, Jorge Hontoria, Juan Ramón Cortés y mi persona, es fuego del alma. Compartimos las dichas y las desdichas de ser médicos... y de habernos convertido en médicos de verdad. Soy afortunado por haber nacido un par de veces en lo que llevo de vida. Abejales marca un antes y un después que me identifica y me marca. Dieciséis meses y medio los pasé en ese lugar maravilloso, que me recibió con afecto y me despidió con el amor que se profesa a los hijos cuando se marchan para siempre. De vez en cuando se nos antoja que la vida es una sucesión de jugadas imprevistas de un grupo de ociosos que están un poco más arriba de nosotros. A veces las cosas se trastocan hasta hacernos mantener ocupados la mayor parte del tiempo. Con Abejales, la sucesión de buenas jugadas de este misterioso juego que solemos llamar "nuestra vida", se dieron en forma alegre y repetida. ¿Como no celebrarlo?

La primera noticia internacional que menciona al pueblo de Abejales

Por: Bernardo Zinguer
"La primera noticia internacional que menciona a nuestra población de Abejales se publicó en el periódico 'Idaho Times News' el 16 de septiembre de 1957, en la página 14. En un pequeño recuadro se reporta la trágica noticia de un accidente de tránsito que dejó 12 personas fallecidas. La traducción literal del artículo es la siguiente:
"Doce muertos cuando un autobús sale de la carretera CARACAS, Venezuela, septiembre 16 AM - Doce personas perdieron la vida y otras 21 resultaron heridas el domingo, cuando un autobús se precipitó desde una carretera montañosa hacia el río Frío, entre San Cristóbal y Abejales, en el estado de Táchira. Las autoridades informaron que el conductor del autobús, el cual transportaba a 40 personas, perdió el control del vehículo en una pendiente."
Esta lamentable noticia se convierte en el primer registro internacional conocido, hasta el momento, que menciona a la población de Abejales, destacando la importancia y el impacto trascendental de este trágico evento en la historia de la región

El Busto de Bolívar en Abejales

Escrito por: Bernardo Zinguer
Con motivo de la proximidad del centenario del fallecimiento del Padre de la Patria el 17 de diciembre de 1930, el gobierno del general Juan Vicente Gómez Chacón decretó además de los actos públicos que debían llevarse a cabo en todo el país, la ejecución de diversas obras públicas materiales e inmateriales que honrarían su memoria, entre las que se puede destacar la remodelación del panteón nacional y el pago total de la deuda externa y tiempo después también de la deuda interna. Así mismo expresó que cada pueblo y ciudad, de acuerdo con su importancia, debía tener una plaza Bolívar con la representación del Libertador. Por esta razón, un número importante de estas plazas a nivel nacional se crearon o remodelaron entre 1928 a 1930. En ese orden de ideas, los municipios (hoy conocidos como parroquias) debían tener una Plaza Bolívar con una estatua pedestre y los distritos (hoy municipios) debían tener una estatua ecuestre. No obstante; los costos de estas estatuas importadas hicieron que lo más frecuente fuesen los bustos y las estatuas pedestres, siendo las ecuestre más habituales en los distritos capitales asiento de los poderes públicos regionales o en aquellos de importancia histórica o económica. En lo que respecta a Abejales, para la época de este decreto está naciendo tímidamente como unidad poblacional distintiva, a medida que se va materializando la Gran Carretera Occidental del gobierno del General Juan Vicente Gómez van apareciendo ranchos en los alrededores de los campamentos establecidos por el Ministerio de Obras Públicas, por lo que de a poco va adquiriendo relevancia como puerta de salida al llano para los tachirenses y de entrada a los andes para los llaneros. Ya para la década de 1950 se consideraba un caserío que, aunque formaba parte del Municipio San Antonio de Caparo en el Distrito Uribante, -de facto- fungía como cabecera del municipio al haber cobrado más relevancia que el propio San Antonio, y haberse asentado las autoridades locales allí con el correspondiente traslado de los libros oficiales. En junio del año 1963 a petición de la Junta Comunal presidida por Don Emeterio Ochoa, Carlos Andrés Pérez, quien para la fecha fungía como ministro del Interior del presidente Rómulo Betancourt dona el busto del Libertador Simón Bolívar que aún permanece en la Plaza Bolívar de nuestra población. Actualmente los 29 municipios siguiendo la tradición, tienen su plaza Bolívar, sólo cinco tienen la representación más sencilla del Libertador, compuesta por un busto, son estos: Antonio Rómulo Costa, Samuel Darío Maldonado, Francisco de Miranda, Fernández Feo y Libertador. La mayoría tiene una estatua Pedestre, tales como los municipios: Simón Rodríguez, José María Vargas, Rafael Urdaneta, García de Hevia, Cárdenas, Guásimos, San Judas Tadeo, Capacho Viejo, Torbes, Lobatera, Seboruco, Córdoba, Capacho Nuevo, Michelena, Panamericano y Pedro María Ureña. Y los municipios con mayor relevancia en este sentido y que erigieron una estatua ecuestre en sus plazas principales son: San Cristóbal, Bolívar, Jauregui, Ayacucho, Uribante, Junín, Andrés Bello y Sucre. Fotografía del busto es del Lcdo. Yoser Linares, 2022 (Plazas Bolívar del estado Táchira), disponibles en su blog “pasatiempos” reproducidas con fines didácticos.

José Dolores Chacón ¡El preso de Eustoquio Gómez por pescar un toro!

Escrito por: Bernardo Zinguer
En el sitio que hoy se denomina Guafitas a orillas del río Uribante, y distante unos pocos kilómetros de El Piñal, tenía su pequeña finca José Dolores Chacón, el sustento de su familia estaba asegurado por las matas de yuca, plátano, la huerta de los aliños, unas cuantas gallinas y un par de vacas, la carne nunca faltó pues abundaban los “animales de cacería” y por si fuera poco en su canoa salía a pescar cuando era menester. Con este contexto quiero empezar esta increíble pero verídica historia del campesino que fue preso por pescar un “Toro”, sucede que un buen día alrededor del año de 1923, en las labores de pesca José Dolores logró atrapar un gigante pez llamado en la zona torumo, también conocido como toro, los vecinos se asombraron del tamaño de aquel animal y José Dolores se sentía orgulloso de su logro que les proveería suficiente carne por largo tiempo luego del proceso de salado. A pesar de lo apartado del sitio, el tamaño del pez fue tan sorprendente que los jefes de aldea notificaron a sus superiores que José Dolores había matado un toro grande, lo que finalmente llegó a oídos de Eustoquio Gómez. Eustoquio era el presidente del estado* y se había hecho del monopolio de la carne vacuna en la región, por lo cual consideró de suma gravedad que José Dolores haya beneficiado un gran toro sin pagar los impuestos correspondientes, por lo que ordenó aprehender al campesino y que fuera llevado a San Cristóbal. Una vez allí, José Dolores estaba seguro de que sería liberado pronto pues todo se trataba de un mal entendido, por lo que expuso su caso dejando escapar una sonrisa por lo bizarra de la situación, sin embargo; a pesar de los ruegos y explicaciones del pobre José Dolores no fue posible su liberación sino luego de dos años. * Actualmente al que detenta este cargo se le denomina gobernador. Fuente consultada: Rangel Lamus, Amenodoro (1975) los problemas de la tierra y otros temas. BAT Fotografía de la web con fines pedagógicos y referenciales tomada de: wikiwand

Abejales y sus abejas: una aclaratoria histórica

Por: Bernardo Zinguer
Durante años se ha asociado el nombre Abejales con la Apis mellifera, conocida como abeja europea o doméstica. Esta idea se ha reforzado mediante logos, afiches y relatos escolares donde aparecen colmenas de celdas hexagonales. Sin embargo, cuando se vuelve a la fuente original del topónimo, esa asociación no se sostiene. Antes de avanzar, es importante aclarar que esta investigación no tiene como propósito desestimar ni restar valor a la Apis mellifera, cuya relevancia en la polinización, la producción de miel y su aporte a los sistemas agrícolas y ecológicos es ampliamente reconocida. El objetivo de este trabajo es exclusivamente histórico y etnográfico: Precisar, a partir de las fuentes fundacionales y del análisis biológico, cuál fue el tipo de abejas que dio origen al topónimo «Abejales», corrigiendo una asociación posterior que no se corresponde con la descripción original del hecho. El origen del nombre está claramente registrado en el testimonio del forjador del pueblo Emeterio Ochoa, quien, ya anciano, relató a la prensa regional en 1985 un hecho ocurrido durante la apertura de la trocha de la Gran Carretera Occidental. Aunque Ochoa lo situó en 1918, hoy puede precisarse que el suceso ocurrió en 1920.[1] Según su relato, mientras el ingeniero Eduardo Villanueva trazaba la carretera desde el Filo del Toro hacia el campamento que orientaba la vía a Pregonero, al realizar la tumba del monte se encontró un viejo madero que, al ser rajado, dejó al descubierto numerosos puntos de entrada que servían de acceso a una gran cantidad de abejas, [2] correspondientes a un nido establecido en el interior del tronco. Ese detalle, aparentemente simple, es clave. La descripción de nidos de abejas alojados dentro de la madera descarta con bastante claridad a la Apis mellifera, ya que en esta especie la entrada es más expuesta, presenta un acceso visible en la superficie de la madera. Además, el testimonio no menciona panales abiertos y expuestos, ni comportamiento defensivo, rasgos característicos de esa abeja melífera. Por el contrario, la descripción coincide plenamente con el comportamiento de las abejas sin aguijón (ASA), propias del neotrópico, conocidas popularmente en el Táchira como angelitas, ericas, guanotas, pegones, entre otros nombres locales. Estas abejas nidifican en cavidades naturales de troncos y ramas, y se caracterizan por presentar pequeños orificios de entrada, a veces múltiples, visibles externamente y conectados a cámaras internas. Para validar esta interpretación se consultó al investigador y profesor universitario Félix Moreno Elcure, autoridad regional en el estudio de estas especies, quien, a partir de los datos aportados por el testimonio de Ochoa, concluye lo siguiente: “La expresión ‘numerosos huecos’ o ‘puntos de entrada de abejas’ es característica de las abejas sin aguijón, lo que permite afirmar que la descripción corresponde a este grupo. La ubicación de Abejales, en una zona de transición entre el bosque seco tropical y el bosque húmedo tropical, según la clasificación de Holdridge, ofrece una vegetación diversa y abundante que favorece la presencia de distintas especies de abejas sin aguijón”. [3] En cuanto a la especie concreta, no es posible una identificación definitiva con los datos disponibles. No obstante, a partir del análisis técnico y del intercambio con el propio profesor Moreno y con el apicultor local Ramón Ali Bueno Zambrano, [4] puede afirmarse que las candidatas más probables, en su orden, pertenecen a los géneros Melipona, como Melipona favosa, Melipona compressipes, así como a Scaptotrigona y Tetragonisca, todos comunes en ambientes boscosos y rurales del occidente tachirense. Desde un punto de vista riguroso, lo prudente es referirse a abejas sin aguijón, pertenecientes al grupo de los meliponinos, sin forzar una identificación taxonómica cerrada. Estas abejas eran bien conocidas por campesinos y trocheros bajo el nombre de abejas de palo, y su miel, llamada miel de palo, se distinguía claramente de la miel de Apis mellifera por su mayor contenido de humedad, su sabor más ácido y complejo, y por sus reconocidas propiedades antibacterianas y medicinales. Tradicionalmente fue empleada para afecciones respiratorias, heridas, enfermedades de los ojos, infecciones, preparación de licores y como fortalecedor general. Sobre su uso en tratamientos oftálmicos, resulta pertinente recordar que el etnógrafo tachirense Luis Felipe Ramón y Rivera, junto con su esposa Isabel Aretz, recorrió el estado a finales de la década de 1950 recopilando creencias y saberes populares. El sur del Táchira fue objeto de sus estudios, cuyos resultados quedaron plasmados en obras fundamentales como Folklore tachirense, donde se recoge el siguiente testimonio: “Sacan miel de unas colmenas que forman unas abejas chiquitas llamadas angelitas. Se echan gotas de esa miel en los ojos, con lo cual creen curar las cataratas”. [5] En conclusión, desde el punto de vista biológico, etnográfico e histórico, las características descritas en el testimonio fundacional de Abejales se corresponden plenamente con las abejas sin aguijón propias de la zona. El topónimo Abejales, ciudad capital del municipio Libertador, del estado Táchira, se explica por la presencia visible y abundante de estas abejas en el paisaje natural local. [1] Contrastado este testimonio oral con los informes de las Memorias del Ministerio de Obras Públicas, pude precisar que el hecho que fijó el zootopónimo Abejales ocurrió en el año 1920. No obstante, se trata de una fijación geográfica del nombre y no del año de fundación del asentamiento humano. [2] Diario Católico (San Cristóbal, Venezuela), 24 de agosto de 1985, 8-9. [3] Félix Moreno, agroecólogo y especialista en desarrollo rural sostenible, comunicación personal (correo electrónico), 28 de enero de 2026. [4] Ramón Ali Bueno Zambrano, apicultor local, comunicación personal (vía telefónica), 27 de enero de 2026. [5] Luis Felipe Ramón y Rivera e Isabel Aretz, Folklore tachirense, tomo II, vol. III, Biblioteca de Autores y Temas Tachirenses, Caracas, Editorial Arte, 1961, p. 38. Este artículo se publicó originalmente en la revista Táchira Histórica San Cristóbal - Año 7 - Nº 24. Marzo 2026

Héctor Matagatos: La Vida de un Hombre de trayectoria y generosidad

Por: Bernardo Zinguer
Abejales es un pueblo especial, donde las historias de vida se entrelazan con los nombres y apodos que la comunidad otorga con cariño. Entre los hombres que dejaron su legado en esta tierra, destaca la figura de Héctor Zambrano, conocido en el pueblo como "Matagatos", un hombre cuya vida está marcada por la dedicación al servicio público, la perseverancia en sus negocios y la generosidad inquebrantable hacia su comunidad. Un Comienzo Humilde Héctor Zambrano vio la luz por primera vez el 5 de diciembre de 1930, en la tranquila Aldea La Florida del municipio Cárdenas. Su infancia transcurrió en esas montañas, pero cuando tenía apenas 10 años, su madre decidió trasladarse a la población de Táriba en busca de mejores oportunidades laborales. Fue allí donde Héctor viviría su adolescencia y juventud. A los 22 años, ingresó al Ministerio de Sanidad, marcando así el inicio de una nueva etapa en su vida como joven adulto. El Origen del Apodo "Matagatos" Fue durante esta época que Héctor obtuvo el apodo que lo acompañaría de por vida. Debido a su compromiso con su trabajo, le asignaron el rol de jefe de cuadrilla de rociadores para las zonas de Táchira, Barinas y Apure. Este trabajo lo llevó a recorrer poblaciones desde El Piñal hasta Puerto Nuevo, San Antonio de Caparo, Abejales, Punta de Piedra, Guacas, El Cantón, entre muchas otras, donde luchó incansablemente contra la malaria en lo más profundo de la región. Mientras trabajaba en plena epidemia de fiebre amarilla en El Piñal y sus alrededores, los pobladores comenzaron a referirse a él como "el señor que mata a los gatos". Al parecer, una de las consecuencias del poderoso veneno que, paradójicamente, salvó muchas vidas, fue suspendido debido a su dañino efecto residual. Su Vida Familiar Dado que su trabajo se centró en las poblaciones del pie de monte andino, Héctor y su pareja, Ana Victoria Bolívar, nativa de Santa Ana y nacida el 23 de diciembre de 1940, decidieron establecer su residencia en Abejales en 1959. Inicialmente, vivieron en una casa alquilada en la carrera uno, propiedad de la señora Rosa, lugar que posteriormente albergaría el Hotel Sonia del señor Julio Méndez. En 1964, fueron seleccionados para recibir su primera vivienda propia, una casa rural ubicada en la carrera 3 con Calle 5 y 6, cerca de la escuela Francisco de Mora. En este hogar, Ana Victoria desempeñaba el papel de ama de casa y costurera. De su unión nacieron sus hijos: Óscar Alí, Rosaura, Henry Nelson, Héctor Wilfrido, Marisela, Jorge Eliezer y Carlos Wilmar, asimismo pudo disfrutar en vida 10 nietos y 3 bisnietos. La Fuente de Soda y Restaurante Matagatos Con el deseo de establecer un negocio propio y llevar una vida menos agitada, Héctor y su esposa Ana Victoria Bolívar comenzaron a ahorrar para abrir su restaurante. En 1968, Héctor tomó la decisión de renunciar a su cargo en el Ministerio de Sanidad y se dedicó por completo a su nuevo proyecto. Adquirieron un terreno estratégico al lado de la iglesia, donde construyeron su hogar y el local que se convertiría en el sitio preferido de propios y extraños. A la hora de elegir el nombre, Héctor no dudó en utilizar ese peculiar apodo que se había convertido en su sello distintivo. Así nació en el año 1970 la "Fuente de Soda y Restaurante Matagatos", uno de sus negocios más recordados. La Familia Zambrano Bolívar y su Vínculo con la Iglesia Este emprendimiento coincidió con la llegada de los padres irlandeses del Sagrado Corazón de Jesús para atender la parroquia San Miguel Arcángel. La familia Zambrano Bolívar se convirtió en un apoyo inquebrantable para estos sacerdotes, ofreciéndoles alimento y hospedaje cuando lo necesitaban. Varios sacerdotes, tanto irlandeses como diocesanos, se convirtieron en parte de la familia durante su tiempo en Abejales. El compromiso religioso de Héctor y su esposa fue tan profundo que, el 16 de noviembre de 1983, celebraron su matrimonio eclesiástico después de décadas de convivencia. Una Tragedia que los Marcó La vida de la familia Zambrano Bolívar sufrió una gran pérdida cuando su hijo Henri Nelson, inspirado por el compromiso religioso de sus padres, decidió entrar al sacerdocio. Trágicamente, sufrió un accidente automovilístico en el seminario diocesano Santo Tomas de Aquino de Palmira y falleció el 18 de abril de 1984. Un Nuevo Emprendimiento Héctor también tenía una pasión por la radiocomunicación y, en 1973, obtuvo el título de operador de estación de aficionados clase B. Esta experiencia le serviría para asumir la primera oficina de CANTV cuando los teléfonos llegaron masivamente a Abejales en 1980. Luego, alquilaría su restaurante a otra recordada y querida figura del pueblo, "María Panadera". Junto a su familia, atendería la oficina de CANTV hasta 1990, cuando decidió comprar y dedicarse a una pequeña granja que llamó "La Carolina y la Blanquita". La Partida de Abejales Finalmente, con la mayoría de sus hijos en San Cristóbal, Héctor decidió en 1993 vender sus propiedades y mudarse a la población de El Abejal de Palmira, donde vivió hasta su partida a la eternidad el 1 de abril de 2010. Su amada esposa Victoria lo siguió el 17 de diciembre de 2019. Héctor siempre sintió gratitud por el pueblo donde nacieron y sacó adelante a sus hijos. En Abejales, Héctor Zambrano, "Matagatos", siempre será recordado con cariño y gratitud por su generosidad y virtudes. Su legado perdurará en la memoria de una comunidad que tuvo el privilegio de contar con un hombre dedicado al servicio de los demás y a la construcción de un mejor lugar para todos.

San Antonio de Caparo, el pueblo que le dio nombre al territorio

El regreso a la raíz: Debe el municipio Libertador del estado Táchira recobrar su identidad Por: Bernardo Zinguer En el sur del Táchira, donde el piedemonte se funde con los llanos, hay una historia que pide ser nombrada como corresponde. No se trata de un capricho de historiadores ni de una maniobra política, sino de una deuda con la tierra. Los nombres de los pueblos son su fe de bautismo, y el nuestro nació mucho antes de cualquier decreto moderno, al abrigo del río Caparo. Hacia 1750, los misioneros dominicos fundaron un pueblo de misión llamado San Antonio de Caparo. El nombre unía la tradición hispánica con la memoria indígena de los Caparo, reflejando la mezcla cultural que dio origen a nuestra gente.
En 1816 se formalizó la fundación civil, quedando su territorio claramente delimitado de la siguiente manera: partiendo de la confluencia de los ríos Carapo y Aliles o Navay; siguiendo este último aguas arriba hasta su nacimiento en la cuchilla de Navay, que derrama aguas hacia San Buena o San Agatón; continuando por dicha cuchilla hacia la derechura hasta el camino nacional en el Portachuelo de Higuerón, límite con el municipio Cárdenas; de allí, por el mismo camino hasta el río Camburito, y luego por este hasta el río Caparo, límite con el municipio Pregonero, para regresar finalmente hasta la desembocadura del río Aliles, punto de partida y límite con el estado Barinas. Se trataba, por tanto, de una amplia extensión territorial, con varios sitios y aldeas que durante todo el siglo XIX figuraron en censos y documentos oficiales. Aunque su población fue afectada por epidemias que la hicieron inestable en algunos períodos, el territorio nunca quedó despoblado. Primero dependió de La Grita y, posteriormente, de Uribante o Pregonero. Para el pueblo de San Antonio de Caparo, el cambio comenzó en 1922, cuando el trazado de la Gran Carretera Occidental no pasó por allí, como inicialmente se había previsto. Poco a poco, los habitantes se fueron asentando en un nuevo punto cercano al campamento vial que sería conocido como Abejales, el cual ganó fuerza económica y administrativa. Para la década de 1940 ya era evidente que Abejales sería la nueva capital, y así se asumió sin mayores conflictos. Pero una cosa es cambiar la capital y otra muy distinta borrar el nombre del municipio. Hasta 1972, los documentos oficiales eran claros: Municipio San Antonio de Caparo, capital Abejales. Existía un equilibrio natural entre la historia del territorio y su realidad administrativa. Conviene aclarar que, para entonces, la figura de municipio era equivalente a lo que hoy conocemos como una parroquia. En ese contexto, el Municipio San Antonio de Caparo dependía del Distrito Uribante. El distrito, por su parte, era la entidad administrativa que corresponde a lo que actualmente conocemos como municipio. Sin embargo, al elevarse el municipio San Antonio de Caparo a distrito autónomo, y por sugerencia de una persona en particular, se adoptó el nombre genérico de “Libertador”, rompiendo así el hilo histórico que nos había unido durante casi tres siglos a San Antonio de Caparo y a su memoria territorial. No se trata de una falta de respeto a Simón Bolívar, quien ha sido honrado ampliamente en la geografía nacional y da nombre, directa o indirectamente, a numerosos municipios y entidades territoriales bajo denominaciones como Bolívar o Libertador. De lo que se trata es de reconocer que San Antonio de Caparo constituye nuestra verdadera huella en el mapa, el nombre que expresa con fidelidad nuestra historia y nuestro origen. Abejales es y seguirá siendo la capital, asunto que nadie discute; lo que corresponde es corregir un error histórico, permitiendo que el municipio recupere el nombre con el que nació y, con él, su identidad de origen, en un acto de justicia histórica que honre la toponimia original y una tradición de casi tres siglos, y que fortalezca el sentido de pertenencia para que las nuevas generaciones comprendan que sus raíces no comenzaron en los años setenta, sino mucho antes, a orillas del río Caparo. El municipio debe mirar al futuro con firmeza, recobrando su denominación toponímica de su origen. San Antonio de Caparo es nuestra identidad. Imagen: Considerando emitido por las autoridades locales y publicado en el diario regional Vanguardia el 29 de octubre de 1972, donde se consigna de manera explícita la denominación oficial vigente hasta ese año del territorio que hoy se conoce como municipio Libertador.

La plaza ovoide de Abejales y su samán, memoria de la escuela y de su primera maestra

Por: Bernardo Zinguer
El 1 de octubre de 1956, al cumplirse diez años de fundada la escuela de Abejales, aquella modesta institución conocida como Escuela Unitaria Mixta N° 08 fue elevada a la categoría de Escuela Graduada, adoptando el epónimo Francisco de Borja y Mora. Este cambio respondía al crecimiento sostenido del pueblo, a la llegada de nuevas familias y al aumento de la matrícula escolar. Gracias a la gestión de la profesora Isabel Torres de Suárez, Directora de Educación y Cultura del Estado, se implementó el sistema de un maestro por cada grado, ajustándose a las nuevas necesidades educativas de la comunidad. La primera maestra de Abejales, Maximina de Carrero, quiso conmemorar con un símbolo vivo aquel momento. Con sus propias manos trajo un samán desde la Granja Nacional, y, en medio de la alegría de sus alumnos, lo sembró en la pequeña plazuela del pueblo. Como una señal de arraigo, de crecimiento y de futuro. Con el paso de los años, aquella plazuela siguió siendo un espacio sencillo. No tenía forma definida ni trazado formal. Era, como decían los viejos, un terreno al que los mismos vecinos le habían ido dando vida, sembrando árboles para buscar sombra y sentarse a conversar, echar cuento y pasar la tarde. Así era el corazón del pueblo. Para 1963, lo único que le daba carácter institucional al lugar era el busto de Simón Bolívar, donado ese año por Carlos Andrés Pérez cuando ejercía como Ministro de Relaciones Interiores en el gobierno de Rómulo Betancourt, a solicitud de Emeterio Ochoa, entonces presidente de la Junta Comunal. Pero en 1966, la Junta Comunal decidió “poner orden”. Se planteó convertir aquel espacio en una plaza formal, con diseño cuadriculado, al estilo de otras plazas Bolívar del país. Para lograrlo, comenzaron a talar los árboles de los extremos que los vecinos habían sembrado durante años. En medio de esa intervención, se cometió el error más grande: se taló el samán. Aquel no era un árbol cualquiera. Era el samán sembrado por la maestra Maximina una década atrás, el mismo que creció junto al pueblo, dando sombra, reuniendo gente y marcando la vida diaria de Abejales. Forasteros y propios lo señalaban como uno de los más hermosos de la región. La reacción no se hizo esperar. El 5 de noviembre de 1966, el Diario Católico publicó un artículo del respetado vecino Olinto Ramón Chacón titulado Abejales sin Samán. Allí, con palabras claras y sin adorno, denunció lo ocurrido. No solo cuestionó la decisión, también dejó constancia de lo que ese árbol representaba para la gente del pueblo, para los niños, para la memoria colectiva. Pero la historia no terminó ahí. Afortunadamente, el samán no fue arrancado de raíz. Aunque fue talado, quedó el tocón vivo, y con el tiempo volvió a brotar, como esos árboles tercos que no se dejan morir tan fácil. La denuncia oportuna surtió efecto, y las autoridades se vieron obligadas a replantear el diseño de la plaza, incorporando los árboles existentes, entre ellos otro samán ubicado en el extremo opuesto. Por eso, la plaza Bolívar de Abejales no es cuadrada como tantas otras. Tiene esa forma ovoide, medio rara pero bien propia, que no nació de un plano sino de una corrección obligada, de un error que el mismo pueblo ayudó a enderezar. Ahí está todavía la huella de lo ocurrido, para el que quiera entenderla. Y díganme ustedes, paisanos: ¿Han visto otra plaza Bolívar con forma ovoide? ¿Sabían la historia detrás del samán de la plaza? Fuentes consultadas: Diario Católico, 5 de noviembre de 1966. Diario Vanguardia, 23 de junio de 1963. Digitalización de archivo: Doménico Andrade, José Antonio Pulido

La Traición hecha arte, el Trágico Ocaso del artista grítense Miguel Escalante

POR: BERNARDO ZINGUER En la Atenas del Táchira, La Grita, nació el 9 de enero de 1839 Miguel Esteban de Jesús Escalante Guerra. Fue el penúltimo de siete hermanos de una familia de reconocidos artistas, cuya creatividad y maestría eran herencia de su progenitor, don Francisco Escalante, hábil escultor y pintor. Las obras de los Escalante se extendieron por los pueblos de la cordillera andina venezolana y por el nororiente de Colombia, donde adquirieron cierta fama. Las herramientas del taller paterno fueron los juguetes con que Miguel tallaría su instrucción. Desde temprana edad reveló un talento excepcional que abarcaba la pintura, la escultura, la talla, la arquitectura y la música. Todo hacía pensar que estaba destinado a brillar en las altas esferas del arte. Entre las obras de su autoría se destaca un peculiar altar de estalactitas en La Meseta de La Grita, conocido como el Santuario de Lourdes. Su imagen quedó registrada en una fotografía de 1919 que pertenece al archivo familiar de nuestro apreciado amigo y colega, el abogado Wilmer Antonio Rey Lozada.
Otra obra de la que tenemos testimonio es el antiguo altar mayor de la iglesia de San Pedro de Seboruco, junto con sus puertas de estilo renacentista. Así lo informa el español Fernando Benet en su Guía General de Venezuela, publicada en 1929. Su destreza lo hace también autor de la primera réplica tachirense del Santo Cristo de La Grita. Se trata de una talla encargada por el padre José Amando Pérez de Michelena para la capilla erigida en honor al Santo Cristo en la planicie de la aldea Platanales, en Triviños. Unas décadas después, fray Francisco Lorenzo María Rojas de Molina reconstruyó aquella capilla y la rebautizó como Santo Cristo del Tabor, según atestigua monseñor Luis Santander en su historia eclesiástica del Táchira.
Miguel había fijado su residencia en Michelena. Aun así, en 1864, con 25 años, dejó el pueblo y se aventuró hacia Bogotá, la Atenas suramericana, como la apodaría el argentino Miguel Cané. Lo sedujeron las oportunidades y el ambiente cultural de la capital reinosa. «Reinoso» era la voz con que en los Andes venezolanos se designaba a los habitantes del interior neogranadino, en memoria del antiguo Nuevo Reino de Granada. Lo que sigue lo conocemos por la reseña de Emilio Constantino Guerrero. Al poco tiempo de su llegada, un acaudalado vecino de la ciudad santafereña conoció el trabajo de los Escalante. Llamó a Miguel para decorar con pinturas murales las galerías del claustro principal de su mansión. La comisión prometía abrirle las puertas de los círculos sociales y artísticos de la metrópoli, pero pronto se tornó en un oscuro drama.
La obra se prolongó lo suficiente para que Miguel descubriera los amores clandestinos de la esposa del anfitrión con uno de los empleados de la casa. No confrontó a los amantes. Como suelen hacer los artistas, dejó que la verdad hablara desde los muros, y en cada pincelada tejió una trama de silencio y suspenso.
El bogotano, ajeno a la traición que lo rodeaba, aguardaba con ansiedad el día de la entrega. Por fin llegó. Cayeron las telas que velaban las paredes y los presentes quedaron boquiabiertos. Las escenas, cargadas de verdad y expresión, eran un espejo que nadie esperaba. El acaudalado reconoció la perfidia pintada en sus propias paredes. La ira lo cegó hasta la locura. En su arrebato creyó que el propio artista era el autor de la ofensa. Desenvainó el puñal que llevaba al cinto, como era costumbre en aquella época, se lanzó sobre Miguel y le atravesó el corazón.
Así terminaron los días del joven artista multifacético. Los muros con que quiso denunciar una traición terminaron por señalarlo a él, y el arte con que pretendía perpetuar su nombre fue la causa de su ruina. Miguel Esteban de Jesús Escalante Guerra, el hijo brillante de los Escalante, halló su final en la vorágine de pasiones y secretos que sus propios pinceles desenterraron. Relato creado a partir de una reseña de Emilio Constantino Guerrero, en El Táchira físico, político e ilustrado (1905).

El doctor Alirio Pérez Lo Presti y Abejales

Por: Bernardo Zinguer Abejales, una localidad ubicada en el punto de transición entre la inmensidad del llano y la aparición tímida de la...