viernes, 6 de noviembre de 2026
La Traición hecha arte, el Trágico Ocaso del artista grítense Miguel Escalante
POR: BERNARDO ZINGUER
En la Atenas del Táchira, La Grita, nació el 9 de enero de 1839 Miguel Esteban de Jesús Escalante Guerra. Fue el penúltimo de siete hermanos de una familia de reconocidos artistas, cuya creatividad y maestría eran herencia de su progenitor, don Francisco Escalante, hábil escultor y pintor. Las obras de los Escalante se extendieron por los pueblos de la cordillera andina venezolana y por el nororiente de Colombia, donde adquirieron cierta fama.
Las herramientas del taller paterno fueron los juguetes con que Miguel tallaría su instrucción. Desde temprana edad reveló un talento excepcional que abarcaba la pintura, la escultura, la talla, la arquitectura y la música. Todo hacía pensar que estaba destinado a brillar en las altas esferas del arte.
Entre las obras de su autoría se destaca un peculiar altar de estalactitas en La Meseta de La Grita, conocido como el Santuario de Lourdes. Su imagen quedó registrada en una fotografía de 1919 que pertenece al archivo familiar de nuestro apreciado amigo y colega, el abogado Wilmer Antonio Rey Lozada.
Otra obra de la que tenemos testimonio es el antiguo altar mayor de la iglesia de San Pedro de Seboruco, junto con sus puertas de estilo renacentista. Así lo informa el español Fernando Benet en su Guía General de Venezuela, publicada en 1929.
Su destreza lo hace también autor de la primera réplica tachirense del Santo Cristo de La Grita. Se trata de una talla encargada por el padre José Amando Pérez de Michelena para la capilla erigida en honor al Santo Cristo en la planicie de la aldea Platanales, en Triviños. Unas décadas después, fray Francisco Lorenzo María Rojas de Molina reconstruyó aquella capilla y la rebautizó como Santo Cristo del Tabor, según atestigua monseñor Luis Santander en su historia eclesiástica del Táchira.
Miguel había fijado su residencia en Michelena. Aun así, en 1864, con 25 años, dejó el pueblo y se aventuró hacia Bogotá, la Atenas suramericana, como la apodaría el argentino Miguel Cané. Lo sedujeron las oportunidades y el ambiente cultural de la capital reinosa. «Reinoso» era la voz con que en los Andes venezolanos se designaba a los habitantes del interior neogranadino, en memoria del antiguo Nuevo Reino de Granada.
Lo que sigue lo conocemos por la reseña de Emilio Constantino Guerrero. Al poco tiempo de su llegada, un acaudalado vecino de la ciudad santafereña conoció el trabajo de los Escalante. Llamó a Miguel para decorar con pinturas murales las galerías del claustro principal de su mansión. La comisión prometía abrirle las puertas de los círculos sociales y artísticos de la metrópoli, pero pronto se tornó en un oscuro drama.
La obra se prolongó lo suficiente para que Miguel descubriera los amores clandestinos de la esposa del anfitrión con uno de los empleados de la casa. No confrontó a los amantes. Como suelen hacer los artistas, dejó que la verdad hablara desde los muros, y en cada pincelada tejió una trama de silencio y suspenso.
El bogotano, ajeno a la traición que lo rodeaba, aguardaba con ansiedad el día de la entrega. Por fin llegó. Cayeron las telas que velaban las paredes y los presentes quedaron boquiabiertos. Las escenas, cargadas de verdad y expresión, eran un espejo que nadie esperaba.
El acaudalado reconoció la perfidia pintada en sus propias paredes. La ira lo cegó hasta la locura. En su arrebato creyó que el propio artista era el autor de la ofensa. Desenvainó el puñal que llevaba al cinto, como era costumbre en aquella época, se lanzó sobre Miguel y le atravesó el corazón.
Así terminaron los días del joven artista multifacético. Los muros con que quiso denunciar una traición terminaron por señalarlo a él, y el arte con que pretendía perpetuar su nombre fue la causa de su ruina. Miguel Esteban de Jesús Escalante Guerra, el hijo brillante de los Escalante, halló su final en la vorágine de pasiones y secretos que sus propios pinceles desenterraron.
Relato creado a partir de una reseña de Emilio Constantino Guerrero, en El Táchira físico, político e ilustrado (1905).
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