sábado, 31 de octubre de 2026

Los cacos siguen haciendo de las suyas

Por: Bernardo Zinguer
Quien hurga en los viejos archivos de la prensa tachirense, tropieza de inmediato con titulares tan pintorescos como “Cacos saquean la bodega de don Elías” o “Los cacos hacen de las suyas en Táriba”. Hasta mediados del siglo XX, llamar “cacos” a los ladrones era tan cotidiano como el café en las mañanas. Aquella palabra, hoy casi olvidada, llevaba el sabor de la calle, del periodismo de sucesos y de los consejos de la abuela: “¡Cuidado mijito, no andes tarde por ahí, que los cacos andan sueltos!”. El viaje de “caco” inicia mucho antes, en la mitología romana. Caco, hijo de Vulcano, fue aquel ladrón astuto conocido por robar a Hércules unas reses que luego ocultó haciendo caminar a los animales hacia atrás, engañando así hasta al héroe. El relato inspiró que, en el español antiguo, “caco”, derivado del latín Cacus y del griego kakos (malo, malvado) comenzara a designar a los ladrones ingeniosos y astutos. Pronto el término cruzó el Atlántico y se afincó también en el habla cotidiana de Hispanoamérica.
Como muestra centenaria del uso local del término, presentamos referencias que ilustran su vigencia en el Táchira de antaño. Por ejemplo, en el periódico La Paz del Táchira de 1888, una denuncia pública relataba cómo un grupo de guardas aduaneros en el punto de control de "Pisarreal", cerca de la frontera con Colombia, se habían convertido “en salteadores de camino”, a quienes se denominaba explícitamente en el texto como “cacos oficiales” y “cacos del Fisco Nacional”. Esta expresión dejaba claro que el término ya era parte del repertorio popular para señalar a quienes robaban o abusaban de su autoridad para hurtar. Años más tarde, en 1920, el escritor ureñense Samuel Darío Maldonado recogía en su libro Tierra Adentro el uso coloquial y casi humorístico del término. Escribía: “Y tuvieron cara de echarme la culpa a mí, como si yo les hubiera aconsejado a los cacos que desvalijaran al maestro... y lo que se habrán reído esos dos cacos que madrugaron a mudarme”. Aquí, “cacos” alude claramente a ladrones, mostrando cómo el vocablo se mantenía vigente en el habla y en la literatura local de comienzos del siglo XX.
Estos testimonios documentales no sólo avalan el uso tradicional del término “caco” en el Táchira, sino que también permiten ver el tránsito del lenguaje, reflejando costumbres sociales y prácticas periodísticas de la época. La prensa regional del Táchira, en periódicos como El Centinela (1939), todavía daba cuenta de la detención de “un par de cacos”, y en El Espectador (1949), de aquellos titulares que anunciaban: “Los Cacos roban en la casa del doctor Rosales”. Hasta los años 60, aún encontrábamos con relativa frecuencia la palabra “caco” en los medios tachirenses como sinónimo de ladrón, aunque su uso iba disminuyendo paulatinamente. La lengua, como la sociedad, cambia. Lo que fue común, el caco, fue cediendo espacio a términos como delincuente, malandro, o simplemente ladrón, por influencia de la cultura popular, el periodismo académico y la globalización. Para las nuevas generaciones, caco suena anticuado, traído de una novela o un chiste, o es directamente desconocido. Hoy, en Hispanoamérica, sólo en Argentina y Uruguay conserva cierta vigencia, mientras que en el resto de los países es ya una pieza arqueológica del habla cotidiana. Sin embargo, más allá del nombre, siguen existiendo los cacos de antes y los ladrones de ahora, de cuello blanco o pata en el suelo. El término sobrevive como vestigio lingüístico, testigo del periodismo de antaño y del habla de nuestros abuelos.

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