sábado, 31 de octubre de 2026

María la Gorda: la mujer caimán, la leyenda del Caparo

Por: Bernardo Zinguer
Muchas leyendas tienen su raíz en un hecho real que, con el paso de los años, se va transformando en la memoria popular. Tal es el caso de la más conocida en el municipio Libertador: la de María la Gorda, o La Borda, como algunos prefieren llamarla. Los archivos dan fe de que todo comenzó con una mujer de carne y hueso: María Nieves Pérez, nacida el 13 de noviembre de 1875 en los campos cercanos a Pregonero. El vecino Romualdo Bustamante, por necesidad y costumbre de la época, le echó el agua antes del bautismo formal, que se celebró el 6 de marzo de 1876 en la iglesia parroquial de San Antonio de Pregonero, siendo sacerdote el presbítero José Valentín Pernía. María fue hija natural de María Ignacia Pérez, probablemente india mestiza, y como era común en esos años, su padre fue un descendiente de españoles que nunca reconoció la paternidad. De niña aprendió “los oficios propios de su sexo”: lavar, cocinar, limpiar, atender el conuco. Ya mujer, contrajo matrimonio con Sebastián Rujano, con quien tuvo tres hijos: Gabriel (1900), Hermógenes (1906) y Eleuterio (1914). Como tantos chácaros, la familia dejó atrás los fríos de Pregonero y bajó hacia las tierras cálidas de San Antonio de Caparo. Allí encontraron tierra fértil pero también las fiebres del paludismo. No tardó en morir Sebastián, quizá víctima de ese mal. El 20 de octubre de 1921, se le hicieron los oficios de sepultura en Pregonero en absente corpore —sin el cuerpo presente—, porque Caparo nunca contó con cura fijo. Desde entonces, María quedó al frente. Gabriel, con apenas 20 años, tomó las riendas de la casa. Hermógenes, de 15, trabajaba con él en el campo, mientras el pequeño Eleuterio, a pesar de su discapacidad mental, ayudaba a cuidar las gallinas y recoger huevos. Con el paso de los años, la familia prosperó modestamente. Gabriel y Hermógenes, ya mozos casamenteros, se ganaban el jornal como “cagones”, es decir, ayudando en la conducción de las puntas de ganado que venían del llano hacia San Cristóbal. En pago, adquirieron unas vaquitas que daban leche. Las gallinas picapiedra proveían huevos, el conuco familiar y la huerta de María abundaban en yuca, plátano, ají dulce, cebolla junca, orégano y cimarrón. Para la proteína cazaban lapa, danta, venado, picure, cachicamo, o pescaban en el río. Solo debían gastar en sal y pólvora que compraban en Pregonero. Por esa relativa abundancia y su carácter jovial, María irradiaba alegría. Su apodo, “La Gorda”, se debía a su contextura robusta, que la diferenciaba de otras Marías del pueblo. Tenía, además, una costumbre fija: bajar al río Caparo al amanecer, convencida de que “el que madruga recoge agua limpia”. Allí lavaba, recogía agua y, muchas veces, pescaba el almuerzo. La tragedia ocurrió el martes 4 de febrero de 1930. Ese día María bajó al río acompañada por Gabriel y Eleuterio. El mayor cargaba la cesta de fique con la ropa sucia; el menor, el cántaro de arcilla. Ella se dispuso a lavar sobre la tabla, golpeando las prendas con la vara para quitarles el estiércol de vaca, mientras Eleuterio jugaba en la orilla y Gabriel se internaba en el agua con arpón en mano. Pasado un rato, María levantó la vista y vio regresar a Gabriel con un gran bagre atravesado por el hierro. Su corazón se alegró: en la casa la vaca mariposa acababa de parir y ya imaginaba el almuerzo, un guiso de bagre en leche aliñado con cimarrón y ají dulce, plato muy ponderado en esa región del pie de monte andino. Una sonrisa se le escapó mientras restregaba la tela contra la tabla. Pero la alegría se quebró en un segundo. Un rugido de agua, un movimiento brusco, un grito desgarrador. Gabriel, que ya ganaba la orilla con su presa, fue sorprendido por un caimán enorme que lo sujetó con fuerza. El río se revolvió en espuma y sangre. María soltó la ropa y, sin pensarlo, se lanzó al agua. La vara que servía para golpear la mugre se convirtió en arma. Con furia maternal, golpeó una y otra vez en los ojos del reptil, hasta arrancar de sus fauces a Gabriel. Pero ese alboroto, en lugar de ahuyentar, atrajo a otro caimán, aún más grande. El monstruo emergió con violencia y, en un santiamén, se abalanzó sobre María la Gorda. No hubo grito ni resistencia que pudiera salvarla: el reptil la sumergió en las honduras del Caparo. Allí desapareció para siempre. Gabriel, aturdido y con el cuerpo desgarrado, logró alcanzar la orilla junto a su hermano menor. A duras penas caminaron hasta la casa del primer vecino. Allí, Gabriel se desplomó. Los cuidados de su hermano Hermógenes y los remedios caseros fueron inútiles: las heridas eran demasiado graves. Agonizó casi cuatro meses, hasta morir el 24 de junio de 1930, a las ocho de la mañana, “de flujo de sangre”, según reza el acta de defunción. La desgracia no se detuvo allí. Al año siguiente, en junio de 1931, la fiebre palúdica acabó con la vida de Hermógenes. Quedó entonces solo Eleuterio, incapaz de comprender la realidad. Vagaba por caminos y faenas, mendigando comida a los obreros de la carretera occidental que mandó a hacer Gómez. A quienes le preguntaban por su familia, él respondía con una frase que terminó de tejer la leyenda: — Mi mamá es María la Gorda, la que se volvió caimán y todavía vive en el río De ahí en adelante la historia dejó de ser tragedia y se volvió cuento de camino. Ya nadie la recuerda como María Nieves Pérez, sino como María la Gorda, la que el río se llevó. Y dicen que no murió, sino que se convirtió en caimán. Por eso, cuando el Caparo ruge y el Navay se crece, muchos aseguran que es ella, haciendo de las suyas, embrujando las aguas con sus encantos. Testimonio documental El acta de defunción de María Nieves Pérez aparece en el libro segundo de defunciones del antiguo municipio San Antonio de Caparo bajo el N.º 2: “Jesús María Labrador, primera autoridad civil del municipio San Antonio de Caparo, hago constar: que hoy día cinco de febrero de 1930, se ha presentado ante mí el ciudadano Antonio Uzcátegui, vecino, mayor de edad, y expuso que ha fallecido en este municipio, ayer a las siete de la mañana en el río Caparo de esta jurisdicción la adulta Nieves Pérez, de cuarenta años, viuda de Sebastián Rujano e hija natural de Ignacia Pérez, finada. La causa de la muerte fue: devorada por un caimán, manifestó estar conforme y no firmó por no saberlo hacer. El jefe civil, Manuel María Labrador. El secretario, Pedro Mendoza.” En el mismo libro constan también las actas de defunción de Gabriel Rujano (25 de junio de 1930) y Hermógenes Rujano (16 de junio de 1931)

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