sábado, 31 de octubre de 2026

El Espíritu Aguerrido de las Mujeres Tachirenses

Por: Bernardo Zinguer
—¡Virgen de la Consolación! —dice María del Rosario—. Ya hace ciento cincuenta años de esa tragedia. Mi abuela contaba que ese recuerdo no se le borraba ni aunque la lavaran con agua bendita. Tenía quince añitos cuando la tierra quiso tragarse nuestros pueblos. Fue el dieciocho de mayo del setenta y cinco… sí, de mil ochocientos setenta y cinco, cuando se vino aquel terremoto como salido del mismo infierno. Ella se hallaba en San Antonio del Táchira en casa de su tía Gregoriana, que estaba en cinta. Ya se le notaba el peso. El general —don Francisco Alvarado—, hermano de Gregoriana, andaba almorzando cuando todo empezó a crujir. La tierra ya había dado avisos días antes, pero en ese momento las paredes se zarandearon como alma en pena, y el suelo chillaba que parecía que lo estaban degollando. Salieron como pudieron, con el rosario enredado en la mano y el miedo en la garganta. Los que alcanzaban a gritar decían que había llegado el fin del mundo, y otros clamaban a la Virgen por su intercesión. Se oía el rechinar de las piedras cayendo y el lamento de los que quedaron atrapados bajo las tapias. Dios nos guarde. Contaba la abuela que a su tía Gregoriana la llevaron a un potrero en el sitio de El Saladito, donde se amontonaban los vecinos como gallinas espantadas. Allá armaron un toldito con sábanas y caña brava. Esa noche, sin luna y sin calma, le vinieron los dolores. Mi abuela decía que era señal de que la niña venía parida del susto. Así se decía, ¿sabe usted?, cuando una mujer paría sin esperarlo: “Se le adelantó la criatura con el sobresalto”. Entre rezos, relámpagos y viento, nació la niña. La envolvieron en un retazo de lino, y lloró fuerte, como diciendo: “Aquí estoy yo”. Le pusieron por nombre María del Rosario de las Angustias, que bien merecido lo tenía. María, madre pura, protectora de los corazones heridos; Rosario, cadena sagrada de oraciones para vencer la tormenta; y Angustias, porque en medio del dolor más profundo brota la fuerza del alma. Fue bautizada por su tío, el sacerdote Elio Caicedo. Y vea usted que no fue la única. En la plaza de Lobatera, doña Concepción Niño —que era parienta de Gregoriana por el lado de los Arellano— también se alivió esa misma noche, entre las piedras de la plaza, con medio pueblo mirando y santiguándose. Y nació una niña hermosísima que se llamó Formosina, nombre que lleva el eco de la belleza y la forma perfecta de la creación. Fue un parto limpio, pese al estruendo; un milagro nacido entre ruinas y temores. Desde entonces, se dice por estos lares que el terremoto trajo muerte, sí, pero también trajo vida. Las casas se cayeron, pero el corazón de las mujeres del Táchira, ése no lo tumba ni la tierra enfurecida. —¿Y sabe qué más? —me dice María del Rosario, con una sonrisa que es memoria viva—. Esas niñas crecieron fuertes, como el pinolaso andino. Y las llamaron las paridas del terremoto, porque mientras unos se perdían entre el polvo, ellas llegaron como la esperanza de que el Táchira no se rinde. Relato basado en descripciones históricas del General Francisco Alvarado Arellano en Memorias de un tachirense del siglo XIX (Biblioteca de Autores y Temas Tachirenses, 1961), y en el trabajo de Samir A. Sánchez, “La tierra se abrió en Lobatera: ecos del terremoto de Cúcuta de 1875”, publicado en el grupo de Facebook Retazos Históricos del Táchira (17 de mayo de 2025).

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