sábado, 31 de octubre de 2026
El Caney: La casa sin paredes del pie de monte andino tachirense
Por: Bernardo Zinguer
En los campos del piedemonte andino y las llanuras tachirenses, cuando todavía no se disipa del todo la neblina mañanera, se levanta con sencillez una estructura que parece sacada de otro tiempo. Un techo de palma sostenido por troncos, sin paredes, sin lujo, pero con alma. Es el caney, esa palabra de origen taíno que, aunque suene lejana, sigue viva en la vida rural andina, como el eco de un viejo canto que no se olvida.
Los taínos, esos pueblos originarios del Caribe, llamaban caney a la casa grande del cacique, o al lugar donde se reunía la comunidad para sus rituales, sus consejos o sus celebraciones. A diferencia del bohío, más pequeño y cerrado, el caney era amplio y colectivo.
Cuando los conquistadores pusieron pie en tierra firme, no solo trajeron espadas, cruces y ambiciones, sino también la mirada y palabras sobre lo que encontraban. En el piedemonte andino y la llanura de lo que hoy llamamos Venezuela, vieron cobertizos parecidos a los caneyes taínos: espacios comunales donde se rendía culto, se debatía en colectivo o simplemente se convivía.
Según Alfredo Jahn, en Los aborígenes del occidente de Venezuela, muchas comunidades indígenas construían estas chozas grandes en el centro de sus pueblos las cuales constituían el corazón del caserío, lugares sagrados para tomar decisiones, celebrar rituales o velar a los muertos.
Con el paso de los siglos, el caney fue cambiando de uso, pero nunca de espíritu. En la época colonial, fue muchas veces la primera iglesia improvisada en los pueblos. Más adelante, sirvió como espacio de trabajo: bajo su techo se instalaron los primeros trapiches de caña, las galeras de tabaco, y se hacían labores de artesanía gracias a su sombra generosa. El término pasó a referirse a cualquier cobertizo sin paredes, sostenido por palos y cubierto de palma, donde se trabajaba, se reunía la gente o se descansaba del sol.
El caney se volvió así una construcción típica del campo venezolano: funcional, fresca, hecha con lo que da la tierra y adaptada al clima y al modo de vida. Los diccionarios lo definen sencillo y claro: Construcción cuyo techo de palma está sostenido por pilares de madera solamente, sin paredes ni otro revestimiento.
En nuestra región —nos recuerda Samir Sánchez en su Diccionario de Topónimos Históricos del Estado Táchira—, el vocablo “caney” aparece por primera vez en un auto fechado el 20 de julio de 1750. En ese documento se emplea como topónimo para señalar un lugar que aún hoy se llama Caneyes, probablemente debido a la abundancia de estas estructuras en la zona. El auto en cuestión establecía los linderos del resguardo indígena de Guásimos, y dice así:
“Desde la quebrada de la Chorrera, que está en el sitio de Caneyes, hasta la quebrada de los Cangrejos que está en el sitio de Liranzo […] pasando por sobre estas tierras, a entrar a dar vuelta por las sabanas y potreros que llaman de Tucapé, dando vuelta por dicho potrero hasta volver a caer en la quebradilla de la Chorrera en Caneyes”.
Y aunque el tiempo ha pasado, el caney sigue siendo un punto de encuentro para los campesinos. Allí se conversa, se descansa, se muele café o se refugia el jornalero del aguacero. También se guardan los aperos, se organizan las fiestas, y, en ocasiones, bajo el caney contiguo a la casa, aún se despide al ser querido. Así ocurrió en aquel velorio al que asistimos hace algunos años, en los límites por la zona sur del Táchira con Mérida, en Santa María de Caparo.
Y cuando hay fiestas patronales, se levantan caneyes pa’ bailar, pa’ comer en familia, pa’ recordar lo que somos. Algunos se han convertido en sitios turísticos o recreativos, pero conservan su esencia: techos sin paredes, abiertos al canto de los pájaros, al soplo del viento, a la voz de los abuelos.
Porque más allá de la estructura, el caney representa una forma de estar en el mundo: sin encierros, con la comunidad por delante, con los pies en la tierra y el alma abierta al entorno.
📷 Imagen 1: Velorio de un angelito en el piedemonte andino. Imagen original de Anton Goering, publicada en Von Tropische Tieflande Zum Ewigen Schnee, Leipzig, Alemania, 1892. Digitalizada por: Lic. José D. Rico Carrillo.
📷 Imagen 2: Caney en la carretera Panamericana, antiguo Distrito Jáuregui a mediado de los años 50´. Folklore Tachirense, de Luis Felipe Ramón y Rivera e Isabel Aretz. (colorizada)
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