sábado, 31 de octubre de 2026
Caparo, la tierra donde habitaron los monos
Por: Bernardo Zinguer
El término "Caparo"[1] se nos presenta, en primera instancia, como una entidad polisémica profundamente arraigada en la memoria colectiva de los estados Táchira, Mérida, Barinas y Apure. Es un topónimo ineludible en nuestra cartografía; así lo atestigua el asentamiento de San Antonio de Caparo, otrora Pueblo de Misión y puerto fluvial vital en el sur del Táchira, cuya identidad administrativa evolucionó a municipio autónomo[2], bajo el epónimo de Libertador y su cabecera trasladada a Abejales por derecho propio, aunque su alma permanezca atada al nombre ancestral.
Su resonancia se expande como un eco en la región: en Mérida hallamos las mesas de Caparú y el poblado de Santa María de Caparo; en la vastedad compartida por tres estados, la Reserva Forestal Tapo-Caparo custodia la biodiversidad andina. Es, con fuerza indómita, un hidrónimo mayor: refiere a la Laguna de Caparú y, sobre todo, al gran Río Caparo, arteria que nace en las cumbres merideñas para surcar y dividir las tierras del Táchira y Barinas, desaguando en el Apure y alimentando, junto al Uribante, el complejo hidroeléctrico que hoy lleva su nombre.
Asimismo, la voz ha operado como etnónimo, evocando a la parcialidad de los indios Caparos o Caparús, aquellos bravíos habitantes del pie de monte, y pervive hoy como gentilicio en el orgullo de los "caparenses". Sin embargo, lo que ha permanecido velado por los siglos, oculto bajo capas de cemento y olvido, es que antes de ser río, pueblo, represa o tribu, Caparo fue y es un zoónimo. Su etimología no responde a un capricho abstracto, sino a la observación naturalista del aborigen: designa al animal más abundante de su antiguo hábitat.
La genealogía de este vocablo inicia lejos de las fronteras del Táchira, hundiéndose en la inmensidad de la selva amazónica y en el acervo verbal de sus antiguos cazadores-recolectores. Según los registros etnolingüísticos compendiados por la Universidad de Texas en Austin, [3], las variantes fonéticas Caparo, Kaparo y Caparú aparecen documentadas en la Amazonía noroccidental para la designación del mono lanudo común (Lagothrix lagothricha). En consecuencia, la voz Caparo y sus variantes la utilizaron nuestros aborígenes para designar los monos con los que compartían hábitat.
¿Cómo llegó esta voz amazónica al pie de monte tachirense? La respuesta yace en la "geografía de pasos". Según el explorador y científico Alfredo Jahn en su estudio sobre Los aborígenes del occidente de Venezuela [4] El piedemonte andino-llanero funcionó como un corredor natural para las etnias Arawak provenientes del eje Río Negro–Vaupés. Buscando caza, pesca y tierras fértiles, estas oleadas migratorias penetraron por los valles fluviales, dejando su impronta en la toponimia local. El investigador identificó que las terminaciones en -arí, -irí y -urí (como en Uribante, Quinimarí o Cucurí) son marcas inequívocas de esta presencia lingüística.
Jahn afirma que Caparú es una "voz netamente aruaca" usada por algunas tribus amazónicas de esa filiación para nombrar a un mono del género Lagothrix, y remarca la coincidencia de que el nombre aparezca también fijado en la geografía regional, en la "mesa de Caparú" y en el río Caparo [5].
Con la llegada del conquistador español, el nombre indígena sufrió una transformación funcional: pasó de ser una descripción de la naturaleza a una etiqueta administrativa, un exónimo. Un documento clave fecha esta transición el 2 de octubre de 1635. En el título de Capitán a Guerra expedido al capitán Antonio de los Ríos Jimeno, se le encomienda la "pacificación" de las naciones que hostigaban a la Villa de San Cristóbal y los caminos reales. El texto oficial reza:
“Por cuanto los indios de nación Giraharas de las provincias de Tamaca, Caparo y Caparú, Chinatos y otras naciones que confinan con la ciudad de Nuestra Señora de Pedraza y Villa de San Cristóbal, salen muy de ordinario a la dicha villa y la tienen puesta en aprietos con asaltos, muertes y robos [...] y lo propio hacen en los caminos reales que van de esta gobernación y el de Caracas para el Nuevo Reino de Granada y reinos del Perú, impidiendo el trajín de él que es muy grande y considerable.”[6]
Aquí, "Caparo" deja de ser solo el nombre del mono y pasa a funcionar como rótulo territorial: identifica una zona asociada a la presencia de esos primates, y por extensión nombra también a la gente vinculada a ese espacio. En la práctica, es probable que los españoles, oyendo el término a través de intérpretes o indios ladinos, lo adoptaran como una etiqueta sencilla: "los Caparo".
Tras la espada vino la cruz, y con ella la fijación definitiva del nombre en el mapa. El proceso de evangelización y reducción indígena consolidó el término a través de lo que el historiador Samir Sánchez llama los "Pueblos del Sur", pueblos de misión que se extendían al sur de la jurisdicción de la Villa de San Cristóbal atendidos bajo la acción de la orden de los Dominicos [7]. Sánchez destaca que, para 1761, en la relación de Curatos del Nuevo Reino de Granada del Padre Basilio Vicente de Oviedo, ya figuran formalmente establecidos en la jurisdicción de San Cristóbal los pueblos de misión de San Sebastián de Caparo y San Antonio de Caparo, junto a otros como San Miguel (probablemente el mismo lugar del yacimiento y sitio de "Los Monos"), San Vicente de Picopero (Ticoporo) y Santa Bárbara de Tapo.
No obstante, la asociación con el animal perduró siglos. En 1841, Agustín Codazzi, en su Resumen de la Geografía de Venezuela [8], menciona los "Ríos Caparro y Uribante" y, crucialmente, vincula la fauna local al citar al "Mono Caparro" del género Lagothrix. De igual forma, Lisandro Alvarado [9], en su glosario de 1921, confirma que el río lleva su nombre por el simio, aunque nota una curiosidad fonética: la pronunciación se había endurecido con una doble erre ("Caparro"), alejándose de la "r" suave original.
La hipótesis lingüística también se apoya en la evidencia material. La arqueóloga Reina Durán [10] ha documentado que el actual municipio Libertador fue un corredor de poblamiento y contacto. En el yacimiento El Palmar, en San Joaquín de Navay, se registran ocupaciones desde los siglos X y XI. Pero para esta crónica resulta más revelador el yacimiento San Miguel, ubicado en el caserío Los Monos. Datado entre los siglos XIV y XVII, el sitio deja una pista toponímica: en el mismo entorno de los Caparos pervive un lugar llamado Los Monos, lo que sugiere una memoria geográfica ligada a la fauna. A esto se suma que, en el cercano Seboruco, se han documentado petroglifos con la figura de Wamudana [11], “el mono cara rayada”, asociada a relatos de creación en tradiciones arawak. En conjunto, estos elementos conectan paisaje, símbolos y nombres de lugar.
La abundancia de estos primates, que dio nombre a la zona, tuvo un capítulo oscuro en el siglo XX. José Gregorio Villafañe ya había advertido en 1877, en sus Apuntes estadísticos del Táchira [12], que las selvas del sur servían de morada a "inofensivos monos". Por su parte, Carlos Rangel Lamus, describiendo la selva de San Camilo en una reseña del 15 de marzo de 1930 para el Heraldo Americano expresa: “…incontables monos con ruidos estrepitosos huyen con pasmosa agilidad por la copa de los árboles, mientras que otros atisban cuidadosamente, recatados en la comba de los gajos, y cubren la retirada de las hembras que afanosamente cargan a sus hijos” [13].
Sin embargo, décadas más tarde, esa misma riqueza natural quedó asociada a una tragedia sanitaria. Según los doctores Bruno Baldassini M. y Álvaro Hernández A., durante las epidemias de fiebre amarilla de 1931 y 1944, la región de Navay sufrió una mortandad devastadora. El culpable directo no fue el mono, sino el mosquito transmisor. La numerosa población de primates en la selva funcionó como reservorio del virus; al picar a monos infectados, los mosquitos se contagiaban y llevaban la enfermedad a los humanos. Esto multiplicó la virulencia del brote, causando más muertes en poco tiempo que todas las fieras de la selva a lo largo de los años [14].
Hoy “Los Monos” enfrentan su capítulo más sombrío. Aquella abundancia vital de primates que dio nombre a toda una región hoy pende de un hilo. La Reserva Forestal Tapo-Caparo, último santuario de la poca variedad de primates que quedan en la zona se encuentra bajo el asedio constante de invasiones ilegales y una deforestación descontrolada en las cuencas del Uribante y el Caparo.
Nos hallamos ante una ironía cruel y dolorosa: Caparo, la "Tierra de los Monos", amenaza con quedarse sin ellos. Si no detenemos esta devastación, pronto "Caparo" designará la ausencia de su origen. Corremos el riesgo inminente de que las futuras generaciones hereden el nombre en los mapas, pero pierdan para siempre al ser vivo que le dio sentido a nuestra geografía. Comprender esto es el último hallazgo de nuestra arqueología: salvar al mono es, en última instancia, salvar la identidad misma de la tierra que pisamos.
Notas y Referencias:
[*] Imagen generada por IA, su uso es meramente ilustrativo y didáctico
[1] Se debe desestimar la hipótesis que atribuye un origen quechua al vocablo Caparo (khapaykuy, 'cabalgar') por carecer de rigor histórico. Dicha teoría incurre en un anacronismo insalvable, al presuponer la existencia de la monta en la América precolombina, y en un error geográfico, pues ignora que la cuenca del Caparo fue territorio de influencia Arawak, Chibcha y de etnias locales, muy lejos de la frontera de expansión incaica.
[2] Entonces un municipio era equivalente a una parroquia actual, y Distrito era lo que hoy conocemos como Municipio.
[3] "Hunter-Gatherer Language Database", University of Texas at Austin, consultado el 11 de octubre de 2025, huntergatherer.la.utexas.edu Entrada léxica 145: “brown woolly monkey”.
[4] Alfredo Jahn, Los aborígenes del occidente de Venezuela: su historia, etnografía y afinidades lingüísticas (Caracas: Litografía y Tipografía del Comercio, 1927), 332.
[5] Ibid., 333.
[6] Archivo Nacional de Colombia, Tierras de Venezuela, t. 5, ff. 278 v–279, citado en Lucas Guillermo Castillo Lara, San Cristóbal: siglo XVII, tiempo de aleudar (Caracas: Academia Nacional de la Historia, 1989).
[7] Samir Sánchez, San Cristóbal - Urbs Quadrata: el hecho histórico urbano de una villa venezolana en el período hispánico (San Cristóbal: Universidad Católica del Táchira, 2003).
[8] Agustín Codazzi, Resumen de la Geografía de Venezuela (París: Imprenta de H. Fournier y Cía., 1841), 89, 156.
[9] Lisandro Alvarado, Glosario de voces indígenas de Venezuela (Caracas: Manrique y Ramírez Ángel, 1921), 54.
[10] Reina Durán, Antiguas culturas aborígenes del Táchira: enfoque arqueológico y etnohistórico (San Cristóbal: Biblioteca de Autores y Temas Tachirenses, 2015), 94–95, 110–111, 195–206.
[11] Omar González Ñáñez, "Los indígenas de Venezuela y el proceso de resistencia etnocultural: situación actual" (2005), citado en Reina Durán, Antiguas culturas aborígenes del Táchira (San Cristóbal: Biblioteca de Autores y Temas Tachirenses, 2015).
[12] José Gregorio Villafañe, Apuntes estadísticos del Táchira (Caracas: Imprenta de “La Opinión Nacional”, 1877), 22.
[13] Carlos Rangel Lamus, reseña sobre la selva de San Camilo, Heraldo Americano, 15 de marzo de 1930.
[14] Bruno Baldassini M. y Álvaro Hernández A., "Apuntes histórico-sanitario y socio-económicos sobre El Piñal", El Médico Rural, n.º 4 (febrero de 1962).
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