sábado, 31 de octubre de 2026

EL NIÑO ALEMÁN TACHIRENSE un huérfano de la II Guerra Mundial

Por: José Antonio Pulido-Zambrano Táchira Histórica N°22
En el Táchira, la noticia de la llegada de un primer grupo de niños inmigrantes tal vez pasó inadvertida, salvo para la familia Fossi Ruiz. La información estaba vinculada a un nombre: don José Herrera Uslar, quien en 1950 se desempeñaba como diplomático de Venezuela ante Noruega, Suecia y Dinamarca. Ese año, el diario El Universal publicó en primera plana, el 5 de diciembre, la noticia de un vuelo que marcaría la fase inicial de uno de los mayores proyectos de bienestar internacional de la posguerra. Europa se hallaba entonces dispersa de niños huérfanos, fruto de la destrucción y el hambre. En ese contexto nació la iniciativa personal de Herrera Uslar, que dio origen a la creación del Comité de Inmigración Infantil en Caracas. El objetivo de este grupo era trasladar y promover la adopción en Venezuela de al menos mil niños europeos huérfanos como consecuencia del conflicto. La idea consistía en que estos pequeños llegaran con pasaportes venezolanos, fueran adoptados por familias del país y recibieran educación como venezolanos. Veintinueve años después, la periodista Orfilia Contreras relató parte de esta historia en Diario Católico: “Cincuenta niños rubios, diez enfermeras y un árbol de Navidad volaron desde Múnich… con destino a Venezuela”. Tanto El Nacional como El Universal dejaron constancia de este hecho histórico. Entre las familias venezolanas que aceptaron el reto de adoptar a uno de estos niños se encontraba el hogar tachirense del doctor Ricardo Fossi Villasmil y de doña Isabel Ruiz de Fossi. El Universal del miércoles 13 de diciembre de 1950 publicó en su página 15: “En la tarde de ayer llegó a Maiquetía, en un avión expreso procedente de Múnich, el primer lote de niños europeos huérfanos e hijos de soldados de las tropas de ocupación de la zona alemana. El grupo, formado por 46 niños (11 de brazos y el resto de entre 2 y 6 años), viajó bajo la estricta vigilancia de 9 enfermeras. Al aeropuerto acudieron para recibir la preciosa carga el doctor Antonio Martín Araujo, los doctores José Ortega y Ceferino Alegría, jefe y adjunto de la División de Higiene Escolar del Ministerio de Sanidad, los doctores Vicente Rodríguez Llamozas y Alexis Pietri Ibarra, además de las señoras Belén de Velutini, Luisa de Vollmer, Hilda de Pietri y otras honorables damas de la sociedad caraqueña, integrantes del Comité Pro‑Inmigración Infantil”. La llegada de los huérfanos causó gran revuelo. En menos de una semana, el Comité había recibido casi doscientas solicitudes de adopción. La prensa reflejó la emoción colectiva: “En un Constellation de la British Overseas Airways, dirigido por el capitán de las Reales Fuerzas Aéreas Cracknell, llegaron esta tarde a Maiquetía 46 huérfanos europeos, que serán adoptados por familias venezolanas, según el proyecto del embajador José Herrera Uslar”. El entusiasmo popular se mezcló con críticas. Algunos articulistas lamentaban que mientras los venezolanos abrían los brazos a niños europeos, tantos pequeños nacionales crecían en el abandono. El Nacional publicaba: “Los pequeños inmigrantes han tenido una acogida general, la misma que aquí reservamos a las estrellas cinematográficas… Sin embargo, uno no puede dejar de sentir envidia de estos niños europeos, y mucho dolor al compararlos con tantos niños nuestros, necesitados de amparo en esta misma tierra generosa y hospitalaria”. Orfilia Contreras añadía: “Venimos buscando un hogar”, leía la pancarta en el costado del avión que trajo desde Alemania al contingente de chiquillos que balbuceaban en su idioma natal para hallar la familia que el pueblo venezolano supo ofrecerles.” El ambiente en el terminal aéreo era de emoción y ternura. Muchas familias abrían las puertas de sus casas con amor para recibir a los pequeños. Sin embargo, una realidad más dolorosa acompañaba aquella escena: muchos de esos niños habían sido separados de sus madres ante la imposibilidad de estas de alimentarlos o criarlos. Entre ellos venía Johann Scholl, identificado con el número 9, a quien correspondió —según Contreras— “en buena estrella el hogar tachirense del doctor Ricardo Fossi Villasmil y doña Isabel (Chabelín) Ruiz de Fossi Villasmil”. Esto ocurrió hace 75 años: un renacimiento abrupto para esas criaturas que la guerra obligó a buscar horizontes nuevos. Orfilia calificó el reencuentro posterior como “¡Un milagro de Dios!”. En su reportaje de 1979, escribió: “Logramos saber recientemente que Johann Scholl no era del todo huérfano. En septiembre del pasado año (1978), movido por una intranquilidad que lo acompañó desde niño, viajó a Alemania. Allí encontró a dos hermanos y a una tía de 72 años. ¡Un milagro de Dios!” En esa entrevista, del 22 de abril de 1979, Johann Fossi Ruiz recordaba: “Una noche nos llevaron en un automóvil con las luces apagadas... recuerdo un tren muy largo… y cuando vi a un señor, lo miré profundamente, lo abracé de las piernas... No quise soltarme. ‘Nos llevamos a éste’, dijo el señor”. Ese hombre era el doctor Fossi Villasmil. Johann traía toda su documentación, registrada por el comité internacional, y se estableció con su nueva familia en San Cristóbal. Aunque solo hablaba alemán, pronto inició una nueva vida colmada de ternura y afecto: “Puedo decir que fui un niño feliz; mis papás me brindaron mucho cariño y educación. No tengo cómo pagarles esta acción; sé que debo acompañarlos hasta donde Dios quiera”. Aun así, confiesa: “Siempre tuve una pregunta dentro de mí: ¿por qué no tengo hermanos? Cuando saqué mi cédula de identidad me enteré de mi verdadera historia. Desde entonces quise saber más.” El joven Johann estudió el bachillerato en el Colegio La Salle. A los 18 años empezó a trabajar, pero la incertidumbre sobre sus orígenes persistía. En Alemania, su madre —María Scholl— había dado a luz a un niño el 7 de julio de 1945 en Neuburg, Baviera. El padre, soldado, cayó en combate. Josef Scholl, el hermano mayor, conservaba como único recuerdo la boleta de nacimiento del pequeño Johann, quien dos días después fue entregado a una familia alemana. Con el tiempo, sus hermanos, Josef y Erwin, permanecieron en Alemania sin saber del destino del menor. Orfilia Contreras narra que, en 1978, animado por su amigo alemán Peter Zanh, Johann viajó a Alemania. En Neuburg, Peter llamó por teléfono a la notaría donde fue registrado el nacimiento: “¿Deseo saber si Johann Scholl tiene familiares en Alemania?” “Sí, tiene dos hermanos: Josef, que vive en Nuremberg, y Erwin, en Brannenburg.” La emoción fue desbordante. Josef y Erwin accedieron a encontrarse con él ese mismo viernes. “Fui al trabajo de Erwin. Cuando lo llamaron, salió corriendo. Nos abrazamos y lloramos. No sabíamos si era de emoción o de dolor. Ellos no me conocían, yo tampoco a ellos. Mi madre María había muerto en enero del 78. Mis hermanos dicen que murió con la angustia de no volver a saber de mí.” Johann recibió de manos de Josef la boleta original de su nacimiento. Los tres hermanos visitaron juntos la casa materna y los lugares de su infancia. Su viaje culminó con la ofrenda de una rosa en la tumba de su madre, un gesto que cerró décadas de incertidumbre. En abril de 1979, Josef y Erwin Scholl viajaron al Táchira para conocer y agradecer a los padres adoptivos de su hermano. Querían retribuir el gesto humanitario de la familia Fossi Ruiz, quienes conservaron como reliquias la boina, la capa marcada con el número 9 y los recortes de prensa de 1950. “A ellos los quiero mucho y los acompañaré hasta donde Dios quiera”, decía entre lágrimas Johann Fossi Ruiz —ahora Johann Scholl—. Concluía el reportaje: “Hoy soy inmensamente feliz con mis hermanos Josef y Erwin. Aprenderé alemán para viajar a ese país solo de vacaciones. Mi hogar es el Táchira, y mi padre, el doctor Ricardo Fossi Villasmil.”

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