sábado, 31 de octubre de 2026
De chorote a mistela
Por: Bernardo Zinguer
Antes de que llegaran los sobres instantáneos y los refrescos enlatados, en el Táchira rural se bebía en totumas y pocillos de peltre, con fermentados sabrosos guardados en moyas de barro.
Cada sorbo tenía su momento, su función y su razón de ser: alimento, medicina, bendición, agasajo o despedida.
Este relato recorre esas bebidas que acompañaron el andar del tachirense a lo largo de su vida, siguiendo la historia de Isidro de Jesús, hijo de una familia campesina, de esas que bien pudieron nacer en cualquier caserío entre montaña y quebrada.
María de la Consolación Arellano Mora llevaba dos años de casada con Saturnino Sánchez Zambrano, y andaba impaciente porque no lograba “encargar”. Para colmo, el toche de Saturnino andaba sin ganas, y no se lo pensó dos veces para contárselo a su hermano Simeón, quien, sin perder tiempo, le recomendó un afrodisíaco que le había “hecho efecto”: un miche de díctamo real, bien entonado, de esos que levantan hasta gallo jubilado.
A Consolación, la comadrona le recetó huevos frescos de pata, sumergidos en brandy “Tres Estrellas” o “Hennessy”, porque —decía— esa bebida es de mucho alimento y ayuda a “preparar el útero”. También mandó que Saturnino tomara lo mismo, no fuera a ser cosa.
Parece que las recetas hicieron efecto, porque al poco tiempo Consolación quedó preñada. Llegado el parto, Consolación se tomó un buen guarapazo de calentao, “pa’ aguantar la pela”. Era tradición.
Cuando nació Isidro de Jesús, la celebración no se hizo esperar. La familia ya tenía preparados los “miaos”: se les llamaba así porque se rociaban simbólicamente unas gotitas de los primeros orines del recién nacido en el calentao o en el aguardiente afrutado que bebían el padre y los padrinos, antes de repartir a los demás invitados. Raro, sí, pero así era la costumbre; con el tiempo, solo quedó el nombre.
Mientras tanto, la parturienta estaba en un cuarto con las ventanas bien trancadas para que no la cogiera un mal viento. Para que tuviera buena leche, la hacían beber pocillados de hinojo con aguamiel y leche caliente. Y para reponerse del esfuerzo, venía el chorote: cacao criollo hervido, espeso, con la orden de tomarse cuarenta tazas en cuarenta días. Al final de la cuarentena, se partía la moya donde se preparaba el chorote, como señal de que la madre podía volver a sus labores.
Llegado el destete, los teteros de Isidrito eran de harina de plátano macho, secado al sol y molido fino, o de harina de maíz o trigo. Se endulzaban con panela y leche. Estas mazamorras también eran el puntal para la familia, y cuando la cosa estaba brava, el tetero era pura aguamielita.
Si Isidro se ponía inquieto, se le calmaba con una infusión de valeriana o de verbena… y, si era necesario, recibía un ramazo de esta última por el trasero “pa’ que se le pasara la loquera”.
Para los males de garganta y la tos decembrina, se le daba leche caliente con flores de saúco y miel. Y si le salían lombrices —porque no había niño que no pasara por eso—, Consolación le hacía su purgante de semilla de paico triturada y hervida con almíbar.
Ya mozo y volantón, con los hombros anchos y el sombrero sudado, el café primero del día era negro, endulzado con aguamiel, antes del sol. “Pa’ despertar el alma”.
En la faena del campo, cuando el calor apretaba, la moya iba llena de guarapo fermentado de piña o caña para aguantar la jornada.
En fiestas patronales, cosechas o ferias, salía la chicha: de maíz fermentado, espumosa y con su punto de clavo, canela y guayabita. Jarra grande, para compartir. Con el tiempo, el masato —nuestra chicha de arroz— fue ganando cariño, sobre todo para acompañar pasteles andinos.
Si el motivo era especial —bautizo, boda o promesa cumplida— se sacaba la mistela, preparada con tiempo, en cantidad, y abundante comida. Y no podían faltar los miches: de morita, piñita, hinojo, culebra o pata. Cada uno con su aliño y su fama. Había incluso vino casero, según las mañas de la abuela.
A veces, cuando lo invitaban a casa de su padrino Epifanio, Isidro probaba algo más fino: brandy, cerveza o vino importado. Lujos de otros tiempos.
Con la edad, llegó el insomnio. Para eso, infusión de lechuga hervida. Si era por nervios, toronjil con flor de Jamaica. Ya no trabajaba igual. El cuerpo pedía abrigo más que empuje. Café claro con panela y góticas de limón, y mazamorras porque los dientes ya no daban pa’ morder.
Ya viejo, sin querer pararse del catre, pedía chocolate espeso, hecho con cacao criollo y acompañado con arepa “de harina” —como se decía a la de trigo para diferenciarla de la de maíz—. Y si el frío se metía en los huesos, venía la caspiroleta: leche caliente con yema de huevo, azúcar y brandy o ron. Se servía en cama, con pan tostado y silencio.
Cuando Isidro entregó el alma al Señor, la casa se arregló, se echó agua bendita con ruda, y se preparó mucho café y mistela para los dolientes, como si fuera rosario. Entre las mujeres, mientras se rezaba, se pasaba la caspiroleta: humeante, suave, de esas que calientan el alma. Al final del novenario, en algunas casas se sacaba el Tres Estrellas como honor al difunto.
Y a veces, en una esquina del velorio, junto al cajón, quedaba el pocillo de miche. Nadie lo tocaba. Era pa’l que se fue.
Aquí, en esta tierra de montañas y piedemonte, de aguaceros, neblinas y nobles soles que abrigan, el beber no ha sido solo costumbre. Ha sido consuelo, rito, alivio y memoria.
Porque en el Táchira, beber es vivir.
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